Actuando con total naturalidad, comenté:—Delicioso, sí que era coñac.
Avancé unos cuantos pasos, dejando atrás a un Miguel paralizado, con el rubor extendiéndose desde sus mejillas hasta las orejas.
Pero en cuestión de segundos, me alcanzó corriendo y me envolvió en un abrazo que me dejó sin aliento. Se inclinó cariñoso para enterrar su rostro en mi cuello, como un niño que acaba de recibir el regalo de sus sueños.
—Isabella... te quiero tanto... —murmuraba una y otra vez, con esa voz ronca que