IDRIS LYNCH
—Déjame ir… —pedí en un susurro.
—No puedo —contestó Evan sin alzar la voz y de pronto gritó—. ¡Te dije que comieras, eso es lo único que tendrás durante el día!
Aunque sonaba molesto, su actitud era la de un perro arrepentido con la cola entre las patas.
—¿Por qué me estás haciendo esto? —Odié que mi voz se quebrara, mostrándome más patética de lo que ya me sentía.
—Era inevitable que ocurriera, pero por lo menos puedo detenerlo —agregó mientras tomaba mi mano y la acercaba a él