FINN LYNCH
—Déjame adivinar… —dijo la cazadora divertida recargándose en la pared sin despegar la punta de mi cuello—. Tú debes ser el abogado. Se te nota por lo arrogante y soberbio…
—Nadie me había juzgado de esa forma sin conocerme —contesté posando mi mano sobre su muñeca, sin alejar la punta de mi garganta, entonces percibí un líquido cálido y pegajoso que escurría de su palma, se estaba cortando al empuñar con tanta fuerza el vidrio roto.
—Puedo detectar un ciervo a kilómetros y atraves