ASTRID
—Qué gusto verte, Astrid —dijo con esa sonrisa que siempre ha ocultado colmillos detrás.
Los betas rugieron a su alrededor, dispuestos a atacarla en cualquier momento, pero yo levanté una mano, conteniéndolos.
—¿Qué haces en mi territorio? —le pregunté con el ceño fruncido.
Naia soltó una risa baja.
—¿Tu territorio? Oh, querida… no me hagas reír. Sabes tan bien como yo que este reino no es tuyo. Solo estás jugando a ser madre sustituta. Primero de los hijos de Fuego… y ahora del cachorri