FREYA
No sabía si el corazón me latía por tristeza, por nervios o por ese nudo que tenía en el pecho desde que vi regresar a Leif tan herido. Pero allí estaba, a su lado, sentada en el borde de su cama mientras él intentaba esbozar una sonrisa a pesar de las heridas que recorrían su rostro.
—Gracias por todo, Freya —dijo en voz baja, pero firme—. Por quedarte, por cuidarme, por no dejarme solo.
Le apreté la mano con suavidad. —Cuentas conmigo, Leif. Siempre. Has perdido a tu hermana, a tu manad