CALEB
—¿Y bien? —la voz de Jairo irrumpió con el descaro de siempre, colándose en mi estudio como si no hubiera una puerta entre él y el mundo.
Levanté la vista de los documentos, exhalando con fastidio contenido.
—¿Y bien qué? —le respondí, aunque ya sabía por dónde iba su conversación.
Jairo se dejó caer sobre el sillón frente a mi escritorio con la elegancia distraída de quien jamás se toma nada demasiado en serio.
—¡Tu noche de bodas, Caleb! —dijo, como si hablara del evento más glorioso de