CAPÍTULO 118

La luna llena estaba justo encima de mí, redonda, blanca y distante. Su luz caía como una caricia cruel sobre el bosque, iluminando los troncos, las hojas… y mi alma rota.

Aullé en silencio.

No tenía fuerzas para más.

El viento entre los árboles era lo único que respondía, moviendo mi cabello y removiendo los recuerdos que no me dejaban respirar.

Mis hijas…

Mis pequeñas…

Anna y Hanna.

Se habían ido.

Las había perdido en ese túnel maldito.

Y Eunice… ella también.

Me arrodillé sobre la tierra húm
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