Claudia regresó a su casa exhausta. El día había sido largo, cargado de tensión, de miradas inquisitivas y de argumentos que parecían pesarle todavía sobre los hombros. Aun así, sabía que no podía permitirse el lujo de descansar del todo. Se quitó los tacones al entrar, los dejó a un lado del sofá y caminó hasta su escritorio con la misma disciplina que la había llevado a convertirse en una de las abogadas más respetadas del país.
Encendió la lámpara y abrió la carpeta con sus alegatos. Debía