Enzo estaba devastado. Sin darse cuenta, había llevado a sus rivales hasta el refugio de su hermano. Como pudo, lo tomó entre sus brazos y regresó a la hacienda. Eder se acercó de inmediato para ayudarlo; entre ambos lo trasladaron hasta su habitación, con el peso de la urgencia oprimiéndoles el pecho.
Mientras tanto, Germán verificaba que los cinco hombres que los habían atacado estuvieran muertos. Su expresión era dura, impenetrable, como si ya no hubiera espacio para la sorpresa.
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