Fiesta imperial.
El castillo estaba en caos. No un caos de guerra ni de tragedia, sino algo aún más temido: el caos de una fiesta real con siete princesas indecisas y mil vestidos repartidos en todas las habitaciones.
Las trillizas gritaban desde la escalera, peleando por un broche de esmeraldas que “misteriosamente” había desaparecido. Las gemelas chismosas, Lizzie y Patsy, corrían por los pasillos con una nube de perfume tras ellas, buscando quién tenía el último par de guantes color lavanda. Daisy, la mayor