Wismeiry caminaba por los pasillos del castillo con el cabello trenzado. Aquel día, se le veía más pensativa que de costumbre. No solo por la confesión que Azalea le había hecho en la noche anterior, sobre su primera noche con el príncipe Roderick —que había resultado mucho más real, caótica y sensorial de lo que las lecciones de la casamentera sugerían—, sino porque una carta oficial del príncipe Estefan le había sido entregada al amanecer.
La esperaba en los jardines traseros, donde las fuen