El mundo se desvanece más allá de los muros. Solo existen ellos dos, respirando al mismo ritmo, uniéndose bajo la lumbre de las velas.
Él se acomoda sobre ella, se hunde despacio. Azalea gime, el dolor punza pero no quema, porque el cuerpo empieza a aprender. Y después, el placer la sigue, cálido y real. Se mueven juntos, sin más referencia que lo que sienten. Y cuando finalmente sucede, es con un suspiro entrelazado. Una unión lenta, profunda, exacta.
Azalea aprieta los ojos, siente una mezcla