El agua de la tina ya estaba tibia cuando Roderick y Azalea decidieron salir. Él se puso de pie primero, goteando como un dios mitológico recién salido del mar. Azalea lo miró con una ceja levantada.
—Podrías al menos fingir que no sabes lo que haces con ese cuerpo.
Roderick rió y se inclinó hacia ella.
—No es mi culpa si me entrenaron para ser un príncipe en todo sentido.
Azalea resopló, divertida, y extendió los brazos. Él la tomó en ellos como si no pesara más que un libro de poemas. Saliero