La tarde olía a flores prensadas y a silencios que pesaban como piedras. El sol brillaba entre los vitrales del castillo, dejando fragmentos dorados sobre el mármol. Roderick y Azalea estaban en el pasillo junto al invernadero, acompañados por la mirada furtiva de criadas, cortesanos, y hasta estatuas que parecían escuchar.
—Solo quince días —le susurró él, acariciándole la mano con la yema de los dedos—. Te lo prometo, Azalea. Y después… el resto de nuestras vidas.
Ella asintió, aunque no p