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La noche había consumido los últimos ecos de la asamblea. El fuego en el salón apenas chispeaba, pero en el interior de Darkan, algo ardía con fuerza. El peso de sus palabras aún resonaba en su pecho: la forma en que había arremetido contra Nerya, su frialdad, la rabia ciega que le hizo olvidarse de quién era ella realmente.
Decidido, se dirigió a los aposentos de la joven. Nadie lo detuvo. Tocó la puerta, no hubo respuesta. Empujó.
Vacío.
La capa con el