La oficina de casa olía a madera encerada y menta. Un contraste asqueroso con el tufo a miedo y sangre que emanaba de Pietro. Estaba ahí, encorvado en la silla frente a mí, llorando como un niño. Las lágrimas le resbalaban por la barbilla, mezclándose con el sudor y la sangre. Patético.
Apreté los puños bajo el escritorio, las uñas clavándose en mis palmas. ¿De verdad este era el hombre por el que alguna vez me desesperé? Ni siquiera su sufrimiento me causaba placer. Solo asco. Qué imbécil fui