El teléfono vibró sobre mi escritorio y supe de inmediato que algo no estaba bien. Mire el identificador y era uno de los hombres que había enviado para secuestrar a aquella chica. Así que conteste rápidamente.
—¿Ya la tienen? —pregunté. pero hubo un silencio molesto.
—No… señor… —la voz del imbécil al otro lado sonaba nerviosa, temblorosa. Y eso solo me cabreó más—. La chica… alguien más se la llevó.
El vaso que tenía en la mano terminó estampado contra la pared. El estruendo me calmó por dos