Me quedé allí, inmóvil, observando a Lucrecia y a esa mujer que ahora ocupaba mi lugar. La esposa de Pietro. Mi suegra bajó las escaleras con prisas, sus ojos llenos de odio, y se acercó a mí con intención de intimidarme. Agarró mi brazo con fuerza, sus uñas clavándose en mi piel, pero no me inmuté. Con un movimiento rápido, le quité su mano de encima y la sostuve con firmeza antes de soltarla.
—Suegra —dije, manteniendo la voz baja pero cargada de advertencia—, créame, no le conviene hacerme o