En el lugar de siempre. Ese pequeño café en la esquina donde Jim y yo nos habíamos reunido tantas veces antes. Cuando llegué, él ya estaba allí, sentado en nuestra mesa, con una taza de café entre las manos. Al verme, se levantó de inmediato. Sus ojos se iluminaron y, antes de que pudiera decir algo, corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.
—Pensé que estabas muerta —dijo con la voz entrecortada.
—No lo estoy. No puedo estarlo, al menos no por todo este tiempo —respondí.
Me abrazó con más fuerza