El frío de la noche envolvía el refugio cuando entré. Las paredes de piedra, siempre húmedas, parecían susurrar mi nombre, como si supieran que había vuelto. No había terminado de cerrar la puerta cuando la voz de mi madre resonó en el silencio.
—¡Abigail! —gritó, con un tono entre el enojo y la preocupación—. ¿Dónde te habías metido? ¿No entiendes el peligro?— me pregunto furiosa.
Me giré para mirarla. Sus ojos brillaban en la penumbra, llenos de reproche. Respiré hondo antes de responder.