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El olor a sangre y podredumbre se clavó en mi nariz, mientras avanzábamos por aquel lugar asueroso. Dunkel iba tranquilo, tarareando una canción como si esto fuera un paseo cualquiera, pero yo sentía que mi interior ardía, que la rabia me consumía por dentro, devorándome lentamente.

Dunkel se detuvo frente a una puerta y tocó. Al abrirse, me hizo un gesto para que entrara. Lo hice, y lo que vi me dejó helado. Era ella. Abigail. Estaba allí, temblando como un cachorro maltratado, su cuerpo lleno
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