Dunkel sonrió con una frialdad. Los gritos de rabia y desesperación de Giorgio resonaban en el aire, pero a él solo le divertían. Miró a la mujer en sus brazos, hecha añicos e inerte, y su sonrisa se ensanchó aún más. Caminó con ella, como si su cuerpo no fuera más que un saco de carne, hasta llegar a una habitación fría y oscura. Allí, la arrojó al suelo sin miramientos, como si su vida no valiera nada. Sacó su celular y comenzó a tomar fotografías, capturando cada ángulo de su sufrimiento, ca