No había dormido en toda la noche, así que me levanté muy temprano y bajé las escaleras. El sol apenas comenzaba a asomarse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. Cuando llegué abajo, ya había varias personas despiertas. Uno de los hombres que había participado en el rescate de anoche se acercó a mí, sosteniendo una taza humeante de café.
—¿Quieres? — me preguntó, extendiéndome la taza.
La tomé con gratitud, sintiendo el calor del líquido en mis manos. El hombre me miró fijamente, su