No podía respirar. El aire dentro del coche parecía espeso, pesado, como si el horror que presenciaba afuera se hubiera filtrado por las ventanas y me estuviera ahogando. Giorgio estaba a mi lado, tenso, con las manos firmes en el volante, listo para arrancar en cualquier momento. Pero yo no podía apartar la mirada de ellas, y del sufrimiento que se reflejaba en sus rostros.
La subasta de ceros.
Era peor de lo que había imaginado. Peor de lo que cualquier mente humana podría concebir. Las luces