La camioneta se detuvo bruscamente. Las chicas a mi alrededor se agitaron, susurrando entre ellas, algunas con miedo, otras con una extraña resignación. Las puertas traseras se abrieron de golpe, y la luz del exterior inundó el interior del vehículo.
Parpadeé, tratando de adaptar mis ojos a la claridad. Afuera, se extendía un paisaje vasto y desolado: una enorme granja, con campos que parecían no tener fin. No había casas a la vista, solo aquel lugar, rodeado de soledad.
Las chicas comenzaron a