Fui arrastrada al jardín. Giorgio, claramente furioso, me agarró de los hombros y me sacudió con fuerza. Lo aparté de mí y retrocedí lo más que pude, sintiendo cómo la tensión entre nosotros crecía.
—¿Estás loca? Ese tipo es una mierda, y tú hablas con él como si nada— me acusó, su voz cargada de ira y preocupación.
—¿Una mierda? Pensé que la mierda eras tú, siempre pensando solo en ti— le respondí, sin poder evitar el tono desafiante en mi voz.
Giorgio apretó los puños con fuerza, sus nudillos