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Habían pasado varios días desde aquel horroroso incidente, y aún no podía sacar de mi mente la imagen de aquella pobre chica tirada en el suelo, sin vida. Me sentía atrapada en la cama, como si mi cuerpo estuviera pegado a ella, como si mis ganas de vivir se hubieran hundido en el colchón junto con mi alma marchita.

La puerta de la habitación se abrió, y Giorgio entró con una bandeja en las manos. Se acercó y se sentó en la orilla de la cama, observándome antes de colocar la bandeja sobre la pe
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