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Llevé a la chica al lugar donde estaban los otros. Al entrar con ella en brazos, uno de ellos se me acercó y me ayudó a sostenerla. Parecía demasiado frágil, su piel estaba helada y sus ojos, inundados de lágrimas, reflejaban un dolor que me era demasiado familiar.

—Cuídenla bien. Mañana volveré a ver cómo está —ordené con voz firme, aunque por dentro me carcomía la culpa. El hombre asintió con la cabeza y ajustó mejor el peso de la chica en sus brazos.

Ella me miró entonces. Su labio partido t
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