No hubo aviso.
El primer lobo gris apareció en el perímetro norte exactamente cuando el vigía de la Cordillera iba a cambiar de turno. Luego otro. Luego diez. Luego el horizonte entero de la ladera norte se movió y lo que Lucía vio desde el centro del campamento no fue un ataque sino una marea.
Cientos.
Sin gruñir. Sin el sonido de la manada real que avanza con miedo o con rabia. Solo el movimiento mecánico y coordinado de algo que no necesita emoción porque tiene instrucción directa.
—¡Formaci