La sala de mapas olía a polvo, a papel viejo y a la tensión agria de cuatro personas que sabían que una de ellas mentía. La mesa central estaba cubierta de cartas náuticas de las Georgias del Sur. Dante presidía la cabecera, su rostro una losa de granito impenetrable. Yo estaba a su derecha. Kael, Sera y Henrik estaban de pie frente a nosotros.
El aire estaba tan cargado que una chispa podría haber incendiado la habitación.
—La ventana de oportunidad es estrecha —comenzó Dante. Su voz era plana