El espejo del baño devolvía una imagen que no reconocía. Ojeras profundas, violáceas, marcaban el territorio bajo mis ojos. La piel estaba pálida, translúcida, estirada sobre los pómulos como un tambor a punto de romperse.
—Mi nombre es María Soledad Vega —susurré al reflejo.
La mujer del espejo no parpadeó. Sus ojos, oscuros y vacíos, me sostuvieron la mirada con una frialdad clínica. Eran los ojos de alguien que había perdido todo. Una viuda. Una madre sin hijos. Una mentira construida con ti