El francotirador estaba muerto cuando llegamos a cubierta.
Dante lo había destrozado con una eficiencia brutal que me revolvió el estómago, pero no aparté la mirada. No podía permitirme ese lujo. El cuerpo yacía contra la barandilla, el rifle todavía humeante a su lado, y lo que quedaba de su rostro era irreconocible.
—Humano —confirmó Sera, revisando el cadáver—. Mercenario, por el equipo. Mira esto.
Señaló un tatuaje en el antebrazo del hombre: un sol negro con rayos dentados. El mismo símbol