El sol aún no había asomado, pero el bosque ya susurraba. Elia caminaba con paso firme, siguiendo un sendero que solo sus sentidos recién despiertos sabían leer. La runa en su pecho brillaba bajo la tela, no con violencia, sino con una constancia inquietante. Como una segunda respiración.
Atrás quedaban la cabaña y Lena, dormida o fingiendo dormir. Riven la seguía a distancia, sin decir palabra. Era un acuerdo silencioso: ella caminaba hacia las respuestas, y él vigilaba que el camino no la dev