Capítulo 24. El monstruo no te rapta... te elige.
Sus palabras se clavaron en mi pecho como el filo oxidado de un cuchillo abandonado. Dominic no soltó mi muñeca; su agarre era un grillete de carne y rencor.
La cicatriz palpitaba bajo la luz de la luna, convirtiéndose en una serpiente viva que se retorcía con cada sílaba envenenada.
El aire en la habitación se tornó espeso, cargado de una tensión que se podía palpar con los dedos.
Sentí su aliento en mi piel, una corriente cálida que contrastaba con el frío helado que se aferraba a mi sangre.