Los pulmones de Kael ardían.
No el tipo de ardor que viene de ejercicio duro, sino algo más profundo. Como si alguien hubiera vertido brasas líquidas directamente en su pecho y estuviera esperando a ver cuánto tiempo tardaba en consumirlo desde adentro. Cada respiración era un cuchillo. Cada paso era una negociación con un cuerpo que ya estaba más allá de sus límites.
Y seguían corriendo.
Draven estaba medio paso adelante, moviéndose en lo que Kael reconocía como pura adrenalina y negación. El