El dolor era lo primero que Elyra registró al despertar.
No el tipo de dolor agudo de una herida fresca, sino algo más profundo. Como si alguien hubiera abierto su pecho y reordenado todo dentro, dejando cada órgano en el lugar equivocado. Respirar dolía. Pensar dolía. Existir dolía.
Abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz que no debería existir en este lugar de oscuridad absoluta. Excepto que sí existía—una luminiscencia extraña y azul que emanaba de las paredes a su alrededor.
No.