Estoy enamorado.
El rostro sonriente de su hermano apareció en la pantalla de su ordenador y quiso darle un puñetazo al maldito.
—Vaya, te ves como la mierda misma, hermanito —saludó Francis.
—¿Sabes? Ahora mismo quiero golpearte. —La risita de su hermano no ayudó—. ¿Cómo pudiste, Francis? ¿Cómo pudiste hacerme…?
—Ah, ya lo sabes. —Apretó su mandíbula, sus dientes crujieron—. Sé que una disculpa no servirá de nada y no pretendo disculparme por algo que solo hice por tu bien. ¿Quieres odiarme? Adelante.
—Dios… —