El silencio que siguió al grito de Max fue más asfixiante que el humo qué ahogaba a Agnes. Él dio un paso hacia ella, con los puños temblando, debatiéndose entre lanzarse a su cuello o caer de rodillas a sus pies.
El olor de la sangre de su padre en la piel de Kate se mezclaba con el aroma dulce y familiar de ella, creando un debate interno que lo estaba volviendo loco.
—Mírame, Kate —gruñó Max, su voz rompiéndose en una súplica desesperada—. Mírame y dime que todavía estás ahí.
Kate levantó l