La tregua comenzó no por la razón, sino por el puro e implacable instinto biológico. Un par de cachorros de apenas cuatro años, completamente ajenos a la política y las tensiones de los adultos, se soltaron del agarre de sus madres. Incapaces de resistirse al aroma hipnótico y magnético que desprendía el guiso, rompieron todo protocolo y se llevaron la primera cucharada a la boca.
El silencio en el comedor se volvió absoluto. Los ojos de los niños se agrandaron por la sorpresa; un gemido de