La humillación pública en la entrada de la Clínica Mendoza había sido la gota que colmó el vaso de una ira largamente fermentada.
Fernando Mendoza, acorralado, veía cómo el imperio de mentiras que con tanto cuidado había construido se desmoronaba. Solo quedaba el impulso visceral de herir, de marcar con fuego su derrota. Sabía que Valeria estaba de guardia y que su ronda nocturna la llevaría por el pasillo solitario cerca de la suite de Sofía León. Allí, en la penumbra de un cuarto de almacena