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La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual a estas alturas había dejado de ser sospechoso y se había convertido directamente en una declaración de principios.

Adrián estaba en el pasadizo con la espalda pegada a la pared de piedra, el proyectil de ballesta todavía en la mano como si necesitara recordatorio físico de que alguien había intentado matarlo hace menos de veinte minutos. Elena, tres pasos por delante, examinaba algo que había sacado del interior del zócalo: un cilindro metálico de
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