La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual a estas alturas era simplemente un hecho de la vida con el que Adrián había decidido hacer las paces.
Estaban en el suelo, los dos, con la espalda contra la pared lateral y un mapa extendido entre ellos que Elena había sacado de algún lugar que Adrián prefería no preguntar. El proyectil de ballesta descansaba a un lado, convertido ya en pisapapeles involuntario.
—Necesito que me expliques cómo sabes todo esto —dijo Adrián, señalando el mapa con el