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La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual a estas alturas Adrián había decidido interpretar como lo único honesto que quedaba en la habitación.

El mecanismo del zócalo había funcionado. Eso era lo que importaba. Eso era lo que se repetía mientras apoyaba la espalda contra la pared fría y esperaba que el silencio después del disparo dejara de tener ese sabor metálico que le subía por la garganta. El virote de ballesta seguía clavado en el respaldo de la silla donde Elena había estado sentad
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