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La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual a estas alturas Adrián había decidido interpretar como la costumbre del universo de presenciar las conversaciones que más dolían.

Lausana amanecía con esa discreción suiza que a él siempre le había parecido una forma de educación forzada: todo ordenado, todo en su sitio, todo fingiendo que nada había ocurrido. La luz entraba por la ventana nueva —instalada la noche anterior por un hombre que no había hecho preguntas y al que Elena había pagado en e
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