La orden tenía cuatro párrafos y ninguna firma reconocible, que era exactamente la combinación que hacía que un hombre prudente se sentara a releerla tres veces antes de hacer cualquier cosa que no fuera respirar.
Adrián la había releído siete.
Estaba sentado en el borde de la cama del hotel, con la hoja impresa sobre las rodillas y la certeza creciente de que algo en todo aquello olía a papel mojado. La orden era técnicamente correcta. Usaba los códigos adecuados, el formato adecuado, el tono