La llamada llegó a las dos de la madrugada, que era exactamente la hora a la que los hombres con poder suficiente para despertar a otros hombres elegían hacerlo. No por necesidad real, sino porque la madrugada tenía esa cualidad particular de desactivar los filtros y dejar al interlocutor en una especie de vulnerabilidad involuntaria, ese estado a medio camino entre el sueño y la razón en que uno tiende a decir que sí a cosas que a las tres de la tarde habría rechazado con elegancia.
Adrián lo