La llamada llegó a las once y diecisiete de la noche, que es la hora en que el cerebro humano ha bajado suficientemente la guardia como para tomar en serio cosas que a mediodía habría descartado sin pestañear.
Adrián estaba en el sofá con el portátil sobre las rodillas y un vaso de whisky a medio terminar sobre la mesita de centro, revisando los documentos que Elena le había entregado esa mañana con la naturalidad de quien comparte el periódico. Documentos que, cuanto más los leía, más le costa