El silencio que siguió a los disparos fue mucho más doloroso que el estruendo mismo.
Diamond permanecía de rodillas sobre el pavimento frío de la entrada, con la mirada perdida en el cuerpo sin vida de Allen.
La sangre de su hermano, la misma que él había intentado proteger al advertirle del peligro, ahora manchaba las piedras blancas de la villa.
A su lado, Sienna no dejaba de temblar; sus manos, antes elegantes y cuidadas, estaban empapadas de un rojo que parecía no querer secarse.
Ridell se