La lluvia golpeaba los cristales de la villa con una cadencia monótona y lúgubre, como si el cielo de Transilvania se hubiera unido al luto de Diamond.
El salón, que apenas unos días antes se sentía como un refugio de esperanza y amor, ahora estaba sumido en una penumbra opresiva.
Diamond permanecía de pie frente al gran ventanal, observando cómo las gotas se deslizaban por el vidrio, empañando el mundo exterior.
Su rostro, aún marcado por los hematomas de la paliza de Killian, reflejaba una an