El silencio de la cocina era engañoso. Diamond entró deslizándose como una sombra, con el estómago pegado a la columna vertebral por el hambre.
Había cambiado su vestido de flores, por ropa negra y discreta, preparándose para la huida, pero su cuerpo exigía combustible.
Sobre la isla de granito, un frutero de cristal rebosaba de manzanas rojas, enceradas y perfectas.
Diamond se acercó.
Sus dedos rozaron la piel fría de la fruta. Iba a ser su único alimento, la energía necesaria para caminar has